De la mano con PROSPERA, durante los meses de mayo a septiembre 2015, implementamos el programa “Yo quiero, yo puedo… cuidarme y prevenir enfermedades en mi comunidad” en Metlatónoc, Guerrero, uno de los 10 municipios más pobres de México. Carlos, facilitador del programa, escribió las “Crónicas de la montaña”, relatos sobre su experiencia ahí. Te compartimos una de ellas a continuación. 

Participantes del programa “Yo quiero, yo puedo… cuidarme y prevenir enfermedades en mi comunidad” en Metlatónoc, Guerrero.
Participantes del programa “Yo quiero, yo puedo… cuidarme y prevenir enfermedades en mi comunidad” en Metlatónoc, Guerrero.

Doña Natalia no quiere ir a la sesión de salud del taller “Yo quiero, yo puedo… cuidar mi salud y prevenir enfermedades en mi comunidad”, me dice que para qué va si nuestra salud no sirve para nada (y cuando dice “nuestra salud” lo pronuncia a manera de reproche, refiriéndose al sistema de salud público). El promotor de PROSPERA le insiste en que debe ir a la sesión, que no puede faltar, ella responde tajantemente que no, que no va. Ismael Flores, el joven promotor social de PROSPERA, me voltea a ver angustiado como esperando que yo comente algo. Le pregunto suavemente a doña Natalia por qué no quiere asistir a la sesión de salud si en las anteriores estuvo alegre y participativa. Sólo me mira y empieza a llorar quedo y con palabras entrecortadas me cuenta que su padre murió hace nueve días de brujería y necesita “blindar” su casa y la de los familiares cercanos para que el mal no los alcance a todos.

Le digo que no entiendo, pero que me gustaría que me comparta su pesar. Dice que hace un mes su padre se soñó en la parcela y de las cañas de maíz empezaban a brotar cerdos en vez de mazorcas. Había cerdos blancos, amarillos, azules y pintos, los colores de los diferentes maíces criollos que se dan por acá, pero los cerdos crecían rápidamente y lo atacaban mordiéndole las piernas, la cadera, sus partes íntimas. A los pocos días, su padre, tata Eulogio, empezó a manifestar dolores tan intensos en las piernas que hubo que llevarlo cargando al Centro de Salud de Zitlaltepec. La pasante de medicina lo auscultó y le recetó pastillas para el dolor que lo mantuvieron un par de días tranquilo; sin embargo, el mismo sueño volvió a traer consigo el recrudecimiento de los dolores en las piernas y cadera de tata Eulogio y ya ni ese ni en los siguientes días se podría parar a caminar, a pesar que la ambulancia donada por los amapoleros lo trasladó al Hospital Regional de Tlapa, donde estuvo internado una semana sin que los médicos y los diversos estudios clínicos que le hicieron dieran con la enfermedad.

De regreso a la comunidad sus dolores se acentuaron porque los cerdos ya no sólo llegaban durante el sueño sino también en los estados de vigilia, y la huella de los mordiscos se empezó a hacer visible por todo su cuerpo… Primero llamaron al cantador, que con su canto monótono y melancólico estuvo invocando a los antepasados del enfermo para que por su intermediación le dijeran qué mal tenía, quién se lo había enviado y cómo podía curarse, pero ni los antepasados ni los espíritus de los otros cantadores que residen en los lugares sagrados, en las cuevas y en los ojos de agua, pudieron decirle o traerle el remedio. El rezador, el hombre – oración, tampoco pudo ayudar a la familia de doña Natalia, a pesar de que tata Eulogio fue bañado con el agua de diversas flores del campo puestas a serenar y que se rezó por varios días y noches en cada esquina de la casa, en las veredas y los cruces de caminos, en las puertas y los tapancos, junto a la cama y al fogón. Cuando llegó el “Chupador de enfermedades” ya la brujería había hecho su efecto y a pesar de que se esmeró absorbiendo el mal por coyunturas y articulaciones, éste fue más fuerte.

Esta noche es el novenario de tata Eulogio, los músicos han estado tocando todo el día canciones tristes y mientras las mujeres preparaban una gran olla de pozole blanco de pollo, los hombres beben alcohol y a ratos discuten en Ñuu Savi. Entrando la madrugada tienen que “levantar la cruz” e irla a dejar al panteón con los primeros rayos de luz. De regreso, las mujeres que no estén menstruando tienen que “blindar” la casa del difunto para que no escape el mal, para que ahí se quede contenido. En todas las esquinas interiores colocaran atados de cebolla morada y para cubrir las rendijas de puertas, techo y paredes es necesario que el “hombre – oración” introduzca dientes de ajo bendecidos en cada rendija. Le pregunto a doña Natalia que fue lo que les dijeron los antepasados por medio del “cantador”, quién les envió el mal. “Unas vecinas –me responde-, ellas nos enviaron el mal…”.

Carlos Ortiz Segura